4 jun 2012



Marco Vivencial.


Mis padres fueron artistas con fuertes convicciones hacia la izquierda, participantes activos en el FMLN (Frente Faragundo Martí para la Liberación Nacional en El Salvador) totalmente ateos en un principio y educado en secreto por mi abuelo en el catolicismo, de tal manera que se creó en mi cierta paranoia.

Más tarde, egresé de la carrera de Sociología en la UNAM para después de un tiempo entrar a La Esmeralda, donde me interesó desde un principio trabajar en el territorio de la pintura, aunque también me importó la experimentación con la fotografía y la instalación, los temas recurrentes en mis trabajos han sido el cuerpo, la sexualidad, la muerte y sobretodo lo sagrado, abordado éste último desde distintas maneras, como una crítica al catolicismo y una necesidad de liberar al cuerpo, así como el tratamiento sobre ciertas energías reprimidas por la estructura moral de la sociedad.

En un primer momento me acerqué pictóricamente al mundo indígena como una supervivencia temporal, una huida contestataria a la idea de progreso o mejor dicho al mundo actual que es despiadado, bárbaro, frío y excluyente, es decir que contiene la condición de muerte, por ello me parece que la vida moderna se encuentra retrasada respecto a algo, pinté entonces indios y chamanes en tonos sepias, algo muy romántico se podría decir, pero paralelamente aparecían nalgas y mujeres voluptuosas, así de alguna manera extraña para honrar lo singular y lo diferente en mis pinturas y con ello  cierta exaltación de la vida.

Hace dos años, a partir de un suceso trágico en mi vida analizo la crueldad dentro de la naturaleza humana y abordo el problema desde algunas piezas en pintura e instalación, al final, queda un interés sobre la constitución del ser en una animalidad maquillada con vestiduras tecnológicas contemporáneas, así como el fenómeno mediante el cual la sociedad guarda dentro de sí un principio de crueldad.

Al final me voy dando cuenta que en el ser civilizado siempre vivirá un monstruo, y es precisamente de esta dualidad conflictiva que parte mi producción actual, siendo ella una serie de reflejos de lo que soy, de la hipóstasis de un cuerpo que es el deformado, abyecto, fragmentado, ritualista, deslimitado, informe, derrotado, amoroso, sentimental, un cuerpo que dentro de la metáfora del simio encuentra un diálogo con la naturaleza y la manera ideal para acelerar al ser desbordado.



Justificación.

El proyecto surge de la necesidad de trazar la figura de mi ser a través de metáforas, sin embargo al final no queda retratado ningún individuo concreto sino la problemática de la afirmación del cuerpo y el sujeto diseñado por la crisis de la razón. El proceso se asemeja a  voltear un calcetín usado en el cual la mugre y el olor quedarían totalmente expuestos, como una especie de evidencia que reitera la animalidad del ser de manera explícita intentando que el espectador se vea identificado con su animal, su monstruo.

Ahora bien, esta idea que posibilita el entender al ser humano como un animal con una naturaleza cruel, también es un espacio en donde surge cierto sufrimiento ante esta dualidad entre ser civilizado y moral contra el monstruo interno, el cual dota toda la intensidad del vínculo consigo mismo, con la soledad, y es ese momento de exasperación el que hace posible la relación con lo otro. (véase Emmanuel Lévinas E. T.O. p. 117)

Ahora bien, ¿por qué razón mis personajes son humanos simiescos? Esto se debe a que el tipo de personaje que aparece en mis pinturas es un sujeto corporal, encarnado y la corporalidad no es contingente sino fundamental para el sujeto concreto, antes que mente el sujeto es cuerpo. El cuerpo supone tanto una posición y la adquisición de una identidad que se sostiene por la propia imagen, la corporalidad es la modalidad en que se asume la exterioridad, en que el Mismo determina y es determinado por el Otro, “El cuerpo es la elevación, pero también todo el peso de la posición.” (Lévinas, E. T. I. p.146.). En este sentido, es un simio por que se busca un vinculo explícito con la naturaleza, con lo monstruoso y cercano que puede parecernos un simio; no es un cuerpo que nos hable de clases sociales, sino más bien de un estado de inocencia y violencia ontológica que empata el ser y la imagen del monstruo.

Detrás del cuerpo pintado en mis obras, se encuentra una crítica a la idea del cuerpo deseado así como al orden social, son reflexivas debido a que no sólo describen una situación, sino que están ensambladas en ellas (Garfinkel 1967:1-9); y son liminales[1] en el sentido de Víctor Turner, es decir son el límite entre el ser humano y el animal con una identidad anómala y no fija, y ello es necesario ya que como lo menciona Georges Bataille, ante este mundo civilizado que solo representa el interés y la obligación del trabajo, es necesario  contraponer un mundo perdido, el cual se representa en mi producción como un animal cargado de inocencia y de crimen, un monstruo.

Ahora bien, honestamente este monstruo tampoco puede ser desbordado libremente dado que somos seres civilizados, siempre buscando coronarnos con los esfuerzos sembrados de nuestra labor, empleados de nuestras propias conciencias, esto es doloroso, pero es real.  Es una imposibilidad y un vacío. Es en este preciso instante que me ayuda Emile Cioran, ya que él sabe a la perfección el camino del dolor, el dolor conciencia, el dolor nirvana, el dolor que se contrapone a la cómoda vida útil, ese dolor que une al cielo y la tierra, el dolor que calcina y revela; sin embargo el hombre es un animal tan corrompido que no puede despreciar la felicidad, eh ahí aún más dolor y aún más vacío.

Mis pinturas intentan hacer interrogantes sobre cómo se debe concebir un hombre entero más allá de un órgano servil, en este sentido un hombre con virilidad como lo interpreto de Bataille, con una característica cínica y monstruosa capaz de dotarle la potencia al hombre para ver que esta parado en el vacío y reírse ante ello, reírse ante el dolor, no ser ya un juguete más del vacío sino jugar con el vacío mismo.

En conclusión, al darme cuenta de que todo lo que trato es sobre una pugna en mi cabeza en donde por instantes ángeles y demonios se llegan a confundir y no tengo más que exponer a mi propio dolor y placer; se hace necesario hablar de Narciso, ahora apoyado en Máximo Cacciari, ya que en este autor encuentro una interpretación especial donde no se muestra a un Narciso ahogado en su egolatría, sino a un ser que esta en constante búsqueda de su yo interno, buscándose en el espejo que solo muestra enigmas y en donde este personaje se da cuenta que él es también una imagen. Esto para mi es vital, ya que mis retratos de simios son un espejo borroso de mi, de ese monstruo a veces inocente y a veces criminal, reflejos fastidiosos de un mundo fragmentado que se ubican en esta guerra entre la muerte de lo singular y lo diferente contra la defensa del cuerpo de los sentidos y las pasiones; es otra posibilidad de sujeto.



[1] Turner estudia el Ritual bajo la luz de algunas instrucciones de Van Gennep y de su focalización sobre la fase de transición, dicha liminal, de las secuencias ceremoniales que acompañan el pasaje de un individuo, o de una comunidad, de un mundo a otro, desde una fase a otra de la existencia, de un segmento temporal a otro. Van Gennep define la liminalidad, como la condición en la cual la esfera de cultura viene descompuesta en sus elementos constitutivos, hechos disponibles para ser libremente recompuestos, según una actitud fundamentalmente lúdica. En la fase de la liminalidad, el sujeto se encuentra en una condición por la cual no forma parte ni de la estructura ya adquirida, ni de la que deberá adquirir: en esta fase la sociedad – para así decir – deja la presa sobre el individuo y le consiente lo que nunca antes y lo que no le permitirá después: él en esta fase particular es libre como nunca fue. Para Turner es exactamente por medio de este mecanismo que la sociedad se renueva: en la fase de la liminalidad fermentan nuevas energías y se hacen disponibles a la atención social, que naturalmente esta interesada no solo en encadenar los individuos, sino también a aprovechar de su creatividad para renovarse. Por medio del Ritual – dice Turner – el sujeto pasa desde una estructura a una anti – estructura para confluir nuevamente en una estructura.

Las instalación de Juan López representa la asociación desde diferentes miradas, mostrando su flexibilidad y polimorfismo. La decisión misma de exponer una vídeo-instalación no es casual: con su naturaleza intermedia entre narratividad y a-narratividad, se ofrece como representativa de un arte liminal, cuya potencialidad es expandida, en este caso, en dialogo con el ambiente circunstante.

Los espacios liminares son zonas de transición, confines que separan espacios simbolizados de manera diferente: por ejemplo, una puerta es un limite que separa la esfera de lo público de aquella de lo privado, el dentro del afuera. Los espacios liminares tienen  entonces una identidad anómala y no fija, una identidad móvil y en proceso. Una clara experiencia de espacio liminal se experimenta cuando viajamos en un medio de trasporte como puede ser, por ejemplo, una automóvil o un tren: en esos casos percibimos el espacio en movimiento, ajustando constantemente nuestra perspectiva. Tal experiencia de la disconformidad entre espacio estable y en movimiento es indicativa de la fruición de artes como la fotografía, el vídeo o el cine, ya que estas crean una ventaja entre el espacio actual y nuestra percepción de un espacio simbólico. Juan López, grabando en movimiento la misma parte de paisaje desde tres perspectivas distintas (medios de transporte), demuestra un interés en momentos de desconexión durante los cuales la apreciación del espacio esta momentáneamente puesta en cuestión, revelando la verdadera identidad de un espacio liminal: ser conexión entre un contexto de significado y un otro.  > http://www.liminalb.org/

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