Marco Vivencial.
Mis padres fueron artistas con fuertes convicciones hacia la
izquierda, participantes activos en el FMLN (Frente Faragundo Martí para la
Liberación Nacional en El Salvador) totalmente ateos en un principio y educado
en secreto por mi abuelo en el catolicismo, de tal manera que se creó en mi
cierta paranoia.
Más tarde, egresé de la carrera
de Sociología en la UNAM para después de un tiempo entrar a La Esmeralda, donde
me interesó desde un principio trabajar en el territorio de la pintura, aunque
también me importó la experimentación con la fotografía y la instalación, los
temas recurrentes en mis trabajos han sido el cuerpo, la sexualidad, la muerte
y sobretodo lo sagrado, abordado éste último desde distintas maneras, como una
crítica al catolicismo y una necesidad de liberar al cuerpo, así como el
tratamiento sobre ciertas energías reprimidas por la estructura moral de la
sociedad.
En un primer momento me acerqué
pictóricamente al mundo indígena como una supervivencia temporal, una huida
contestataria a la idea de progreso o mejor dicho al mundo actual que es
despiadado, bárbaro, frío y excluyente, es decir que contiene la condición de
muerte, por ello me parece que la vida moderna se encuentra retrasada respecto
a algo, pinté entonces indios y chamanes en tonos sepias, algo muy romántico se
podría decir, pero paralelamente aparecían nalgas y mujeres voluptuosas, así de
alguna manera extraña para honrar lo singular y lo diferente en mis pinturas y
con ello cierta exaltación de la
vida.
Hace dos años, a partir de un
suceso trágico en mi vida analizo la crueldad dentro de la naturaleza humana y
abordo el problema desde algunas piezas en pintura e instalación, al final,
queda un interés sobre la constitución del ser en una animalidad maquillada con
vestiduras tecnológicas contemporáneas, así como el fenómeno mediante el cual
la sociedad guarda dentro de sí un principio de crueldad.
Al final me voy dando cuenta que
en el ser civilizado siempre vivirá un monstruo, y es precisamente de esta
dualidad conflictiva que parte mi producción actual, siendo ella una serie de
reflejos de lo que soy, de la hipóstasis de un cuerpo que es el deformado,
abyecto, fragmentado, ritualista, deslimitado, informe, derrotado, amoroso,
sentimental, un cuerpo que dentro de la metáfora del simio encuentra un diálogo
con la naturaleza y la manera ideal para acelerar al ser desbordado.
Justificación.
El proyecto surge de la necesidad
de trazar la figura de mi ser a través de metáforas, sin embargo al final no queda
retratado ningún individuo concreto sino la problemática de la afirmación del
cuerpo y el sujeto diseñado por la crisis de la razón. El proceso se asemeja
a voltear un calcetín usado en el
cual la mugre y el olor quedarían totalmente expuestos, como una especie de
evidencia que reitera la animalidad del ser de manera explícita intentando que
el espectador se vea identificado con su animal, su monstruo.
Ahora bien, esta idea que
posibilita el entender al ser humano como un animal con una naturaleza cruel,
también es un espacio en donde surge cierto sufrimiento ante esta dualidad
entre ser civilizado y moral contra el monstruo interno, el cual dota toda la
intensidad del vínculo consigo mismo, con la soledad, y es ese momento de
exasperación el que hace posible la relación con lo otro. (véase Emmanuel
Lévinas E. T.O. p. 117)
Ahora bien, ¿por qué razón mis
personajes son humanos simiescos? Esto se debe a que el tipo de personaje que
aparece en mis pinturas es un sujeto corporal, encarnado y la corporalidad no
es contingente sino fundamental para el sujeto concreto, antes que mente el
sujeto es cuerpo. El cuerpo supone tanto una posición y la adquisición de una
identidad que se sostiene por la propia imagen, la corporalidad es la modalidad
en que se asume la exterioridad, en que el Mismo determina y es determinado por
el Otro, “El cuerpo es la elevación, pero también todo el peso de la posición.”
(Lévinas, E. T. I. p.146.). En este sentido, es un simio por que se busca un
vinculo explícito con la naturaleza, con lo monstruoso y cercano que puede
parecernos un simio; no es un cuerpo que nos hable de clases sociales, sino más
bien de un estado de inocencia y violencia ontológica que empata el ser y la
imagen del monstruo.
Detrás del cuerpo pintado en mis
obras, se encuentra una crítica a la idea del cuerpo deseado así como al orden
social, son reflexivas debido a que no sólo describen una situación, sino que
están ensambladas en ellas (Garfinkel 1967:1-9); y son liminales[1]
en el sentido de Víctor Turner, es decir son el límite entre el ser humano y el
animal con una identidad anómala y no fija, y ello es necesario ya que como lo
menciona Georges Bataille, ante este mundo civilizado que solo representa el
interés y la obligación del trabajo, es necesario contraponer un mundo perdido, el cual se representa en mi
producción como un animal cargado de inocencia y de crimen, un monstruo.
Ahora bien, honestamente este
monstruo tampoco puede ser desbordado libremente dado que somos seres
civilizados, siempre buscando coronarnos con los esfuerzos sembrados de nuestra
labor, empleados de nuestras propias conciencias, esto es doloroso, pero es
real. Es una imposibilidad y un
vacío. Es en este preciso instante que me ayuda Emile Cioran, ya que él sabe a
la perfección el camino del dolor, el dolor conciencia, el dolor nirvana, el
dolor que se contrapone a la cómoda vida útil, ese dolor que une al cielo y la
tierra, el dolor que calcina y revela; sin embargo el hombre es un animal tan
corrompido que no puede despreciar la felicidad, eh ahí aún más dolor y aún más
vacío.
Mis pinturas intentan hacer
interrogantes sobre cómo se debe concebir un hombre entero más allá de un
órgano servil, en este sentido un hombre con virilidad como lo interpreto de
Bataille, con una característica cínica y monstruosa capaz de dotarle la
potencia al hombre para ver que esta parado en el vacío y reírse ante ello,
reírse ante el dolor, no ser ya un juguete más del vacío sino jugar con el
vacío mismo.
En conclusión, al darme cuenta de
que todo lo que trato es sobre una pugna en mi cabeza en donde por instantes
ángeles y demonios se llegan a confundir y no tengo más que exponer a mi propio
dolor y placer; se hace necesario hablar de Narciso, ahora apoyado en Máximo
Cacciari, ya que en este autor encuentro una interpretación especial donde no
se muestra a un Narciso ahogado en su egolatría, sino a un ser que esta en
constante búsqueda de su yo interno, buscándose en el espejo que solo muestra
enigmas y en donde este personaje se da cuenta que él es también una imagen.
Esto para mi es vital, ya que mis retratos de simios son un espejo borroso de
mi, de ese monstruo a veces inocente y a veces criminal, reflejos fastidiosos
de un mundo fragmentado que se ubican en esta guerra entre la muerte de lo
singular y lo diferente contra la defensa del cuerpo de los sentidos y las
pasiones; es otra posibilidad de sujeto.
[1]
Turner estudia el Ritual bajo la luz de algunas
instrucciones de Van Gennep y de su focalización sobre la fase de transición,
dicha liminal, de las secuencias ceremoniales que acompañan el pasaje de un
individuo, o de una comunidad, de un mundo a otro, desde una fase a otra de la
existencia, de un segmento temporal a otro. Van Gennep define la liminalidad,
como la condición en la cual la esfera de cultura viene descompuesta en sus
elementos constitutivos, hechos disponibles para ser libremente recompuestos,
según una actitud fundamentalmente lúdica. En la fase de la liminalidad, el
sujeto se encuentra en una condición por la cual no forma parte ni de la
estructura ya adquirida, ni de la que deberá adquirir: en esta fase la sociedad
– para así decir – deja la presa sobre el individuo y le consiente lo que nunca
antes y lo que no le permitirá después: él en esta fase particular es libre
como nunca fue. Para Turner es exactamente por medio de este mecanismo que la
sociedad se renueva: en la fase de la liminalidad fermentan nuevas energías y
se hacen disponibles a la atención social, que naturalmente esta interesada no
solo en encadenar los individuos, sino también a aprovechar de su creatividad
para renovarse. Por medio del Ritual – dice Turner – el sujeto pasa desde una
estructura a una anti – estructura para confluir nuevamente en una estructura.
Las instalación de Juan López representa la asociación desde diferentes
miradas, mostrando su flexibilidad y polimorfismo. La decisión misma de exponer
una vídeo-instalación no es casual: con su naturaleza intermedia entre
narratividad y a-narratividad, se ofrece como representativa de un arte
liminal, cuya potencialidad es expandida, en este caso, en dialogo con el
ambiente circunstante.
Los espacios liminares son zonas de transición, confines que separan
espacios simbolizados de manera diferente: por ejemplo, una puerta es un limite
que separa la esfera de lo público de aquella de lo privado, el dentro del
afuera. Los espacios liminares tienen
entonces una identidad anómala y no fija, una identidad móvil y en
proceso. Una clara experiencia de espacio liminal se experimenta cuando
viajamos en un medio de trasporte como puede ser, por ejemplo, una automóvil o
un tren: en esos casos percibimos el espacio en movimiento, ajustando
constantemente nuestra perspectiva. Tal experiencia de la disconformidad entre
espacio estable y en movimiento es indicativa de la fruición de artes
como la fotografía, el vídeo o el cine, ya que estas crean una ventaja entre el
espacio actual y nuestra percepción de un espacio simbólico. Juan López,
grabando en movimiento la misma parte de paisaje desde tres perspectivas
distintas (medios de transporte), demuestra un interés en momentos de
desconexión durante los cuales la apreciación del espacio esta momentáneamente
puesta en cuestión, revelando la verdadera identidad de un espacio liminal: ser
conexión entre un contexto de significado y un otro. > http://www.liminalb.org/
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